Ese viernes de mayo empezó con mayúscula. ¿Y cómo no? Todo aquello importante merece ser escrito con una mayúscula en su comienzo. Y ese viernes en que la conoció no es que empezó con una mayúscula - es que esa mayúscula era la primera letra de todo un nuevo libro.
¿Cómo hacen los escritores? Esos primeros capítulos fluyen tan naturalmente, como si la historia hubiera nacido para contarse. Tantas ideas, pero sobre todo, tantas mayúsculas para tantos personajes, que entran a la trama y se ponen tan cómodos que amenazan con nunca irse. Tantos nombres que hasta hacen que el de ella quede como uno más.
Entonces empiezan las comas, y es que la historia tampoco va a correr en línea recta siempre - ni que fuera un corredor de distancia. Comas que hacen que los caminos se tuerzan, que las promesas se rompan, que las realidades cambien. Comas que juntan a personajes, para que nunca más dejen de mirarse. Esas comas que mucho más adelante iban a dar vida a los "te amo, pero..." de pesadilla y a los hermosos "..., pero te amo." que iban a cerrar capítulos.
Y claro que van a estar los paréntesis. Puede estar cayéndose el cielo o abriéndose los mares, pero no hay trama que se sostenga sin el desarrollo de los personajes. Cada evento, y sobre todo, cada interacción con los otros personajes los hará crecer. Paréntesis que los cambian, letra por letra. Y así el niño que miraba atrás, se logró fijar en lo que estaba a su lado. Y así la niña que temía al mundo, encontró en ella un fuego imperecedero.
Y entre mayúsculas, comas y paréntesis, cambió todo: la fuente, su tamaño, su color. ¿Por qué no cortaron el libro? Nadie nunca lo sabrá, pero lo cierto es que ya era otra trama. Ya sus motivaciones habían dado todo un vuelco: ella quería volar. Él quería volar con ella. Tanto crear suspenso terminó en una resolución hermosa. ¿Acaso los escritores lo sabían al escribir el primer capítulo? Lo dudo. Pero mejor no les pudo salir.
Pero más que obvio, ninguna historia es perfecta. Ni escrita por el mismo Walt Disney. Cada vez interrumpen más las comas, encierran más los paréntesis, y las cursivas dejan palabras en pensamientos, nunca transformándose en diálogo. ¿Quién dice que porque los caminos de los protagonistas se cruzaron, no van a volver a separarse? Es natural, es la vida. Y el arte imita la vida.
Y entonces entra el pecado de todo escritor - el capricho. Si un día decidió que esta historia va hacia este punto, así tiene que ser. Y de esa manera empiezan capítulos cruentos, enredados, casi imposibles de leer. Cuántos signos de interrogación aparecen. ¿Por qué este protagonista traiciona su ser, y lo que le hace tan grande? ¿Por qué esta protagonista toma estas decisiones, pareciendo ser las equivocadas? ¿Por qué tengo que ver la misma historia una y otra vez?
E inevitablemente llega el momento en que el escritor debe aceptar lo que escribir le ha enseñado: la historia no la dicta ni tu agente, ni tu productor, ni tu público. Ni siquiera la dictas tú. La historia la dictan tus personajes: seres inertes nacidos de tu bolígrafo, que poco a poco dejan de hacer lo que les pides y te dicen a ti qué es lo que deben hacer.
Quizás sufra, llore, o se quiebre su ser. Pero el escritor lo hará. Tomará su bolígrafo y obedecerá lo que a gritos claman sus personajes.
Con delicadeza, el escritor se tomará segundos -que parecerán siglos-, para dedicarle aquella última mayúscula que merece y siempre merecerá su protagonista, y la decorará con un punto.
"Fin".
-y entonces, dispondrá de mil hojas en blancas como lienzo, para pintarlas con mayúsculas que ni sabía que existían-
miércoles, 30 de abril de 2014
jueves, 3 de abril de 2014
Hipercresía
En medicina aprendes rápidamente a anteceder palabras con los prefijos hiper- o hipo- para denotar si un elemento se encuentra alto o bajo, respectivamente. La palabra hipocresía poco tiene que ver con ello, ya que viene del griego hypokrisis, que define lo que es el término: actuación, cobarde, celoso. Conocemos como hipócrita a aquella persona que no es congruente consigo mismo, cuyas palabras y hechos se contradicen entre sí.
Tiempo atrás, solía sentir rabia hacia aquellas personas que lo eran. Estaba muy pendiente de cómo actuaban frente a mí y cómo lo hacían cuando no, intentando apartarlas lo más posible solo por este hecho (que no es poco). Se puede decir que estaba hasta obsesionado con ello, sospechando de todo el mundo. El punto es que simplemente no lo toleraba.
Lo que era irónico, habiendo sido yo también una persona hipócrita. Jamás fui doble cara, comportándome de diferentes maneras frente a una persona y a sus espaldas. Pero no era congruente - era varias personas en una. Uno era el que compartía con su familia, otro era el que salía con sus amigos, y otro más era el que estaba con la persona que quería. No era a propósito, simplemente las situaciones suscitaban diferentes respuestas.
Hasta que ya no fue así. Sería erróneo apuntar a un evento específico, ya que fueron varios los que trajeron ese cambio, pero hace casi dos años dejé de serlo. Tiempo después, y sin darme cuenta, me percaté de que no importaba con quién estuviera, siempre era la misma persona. No necesitaba esconder mis excentricidades ni inventarme otra personalidad - ya era feliz en todo momento.
Por eso desapareció la rabia hacia las personas hipócritas, porque el sentimiento ahora es de lástima. Y es que debe ser triste, ¿no? No poder ser quien eres, evitar hablar de lo que deseas, tener que construir una fachada para que la gente no vea lo que piensas y sientes. Porque a la final, lo que hacen es limitarse, y eso les impide cualquier crecimiento.
Y es pan de cada día. Aquel que frente a su novia y frente a sus amigos es dos personas totalmente diferentes. Aquella que siente un inmenso cariño hacia alguien, pero frente a los demás pretende apenas conocerlo. Aquel que junto a desconocidos se inventa mil historias y cualidades a las que ni se acerca. Aquella que destruye a la otra, pero va y la aprovecha cada vez que la necesita. Es triste.
Por ello, me tomo la libertad de inventar la palabra hipercresía, que es por lo que debe pugnar uno. Esa coherencia con uno mismo, la armonía entre pensamiento, palabra y acción. Esa libertad de ser sencillamente quien uno es, no tiene precio. Es más fácil y mejor vivir así.
Sé hipércrita.
Tiempo atrás, solía sentir rabia hacia aquellas personas que lo eran. Estaba muy pendiente de cómo actuaban frente a mí y cómo lo hacían cuando no, intentando apartarlas lo más posible solo por este hecho (que no es poco). Se puede decir que estaba hasta obsesionado con ello, sospechando de todo el mundo. El punto es que simplemente no lo toleraba.
Lo que era irónico, habiendo sido yo también una persona hipócrita. Jamás fui doble cara, comportándome de diferentes maneras frente a una persona y a sus espaldas. Pero no era congruente - era varias personas en una. Uno era el que compartía con su familia, otro era el que salía con sus amigos, y otro más era el que estaba con la persona que quería. No era a propósito, simplemente las situaciones suscitaban diferentes respuestas.
Hasta que ya no fue así. Sería erróneo apuntar a un evento específico, ya que fueron varios los que trajeron ese cambio, pero hace casi dos años dejé de serlo. Tiempo después, y sin darme cuenta, me percaté de que no importaba con quién estuviera, siempre era la misma persona. No necesitaba esconder mis excentricidades ni inventarme otra personalidad - ya era feliz en todo momento.
Por eso desapareció la rabia hacia las personas hipócritas, porque el sentimiento ahora es de lástima. Y es que debe ser triste, ¿no? No poder ser quien eres, evitar hablar de lo que deseas, tener que construir una fachada para que la gente no vea lo que piensas y sientes. Porque a la final, lo que hacen es limitarse, y eso les impide cualquier crecimiento.
Y es pan de cada día. Aquel que frente a su novia y frente a sus amigos es dos personas totalmente diferentes. Aquella que siente un inmenso cariño hacia alguien, pero frente a los demás pretende apenas conocerlo. Aquel que junto a desconocidos se inventa mil historias y cualidades a las que ni se acerca. Aquella que destruye a la otra, pero va y la aprovecha cada vez que la necesita. Es triste.
Por ello, me tomo la libertad de inventar la palabra hipercresía, que es por lo que debe pugnar uno. Esa coherencia con uno mismo, la armonía entre pensamiento, palabra y acción. Esa libertad de ser sencillamente quien uno es, no tiene precio. Es más fácil y mejor vivir así.
Sé hipércrita.
viernes, 14 de febrero de 2014
Te regalo
¿Qué te puedo dar hoy? ¿Qué te puedo regalar que no haya hecho ya, y que haga justicia a mis sentimientos?
Te puedo dar rosas. Pero, ¿para qué? Ya 29 te he dado en esta corta vida mía, y corta se queda la cantidad. No, mejor no. Le dejo las rosas a aquellos cuyos sentimientos tienen límite, quienes algún día van a haber dado suficientes. Que sigan comprándolas hasta que lleguen a su número, porque para mí no existe.
¿Y por qué no te doy un---? No, ni puedo terminar la pregunta. Peluches, joyas. Es todo lo mismo. ¿De qué vale regalarte algo material? Lo vas a agradecer y te va a gustar, pero no es para lo que vives. Lo último que eres es superficial, y nunca algo definido por el dinero va a tener tanto valor como un gesto. Que se los queden también ellos, esos que necesitan un objeto para expresarse.
O mejor, una montaña de chocolates. O una infinidad de galletas crocantes. O donas rellenas de todos los sabores. O muffins esperándote, reposando sobre tu alfombra. O tortas más dulces imposible. Mierda. Para considerarme una persona creativa, que falto de ideas estoy. ¿Cómo es posible que no se me ocurra algo que no sea repetirme? Quizás te pueda hacer probar finalmente el sushi. Quizás, porque seguramente ya lo hiciste.
¿Mi sonrisa? Muy tarde. Ya una vez te cité una canción: voy a regalarte mi mejor sonrisa, por si un día lloras tengas mi alegría, y te sientas siempre protegida niña. Y qué poco va a poder hacer esta insulsa sonrisa, comparada con esa, esa de 384 palabras -y más que faltaron-. Que ni se te ocurra sonreírme de vuelta, porque mi regalo quedaría en nada.
Tampoco puedo darte mi tiempo. Por enésima vez, no puedo volver a hacer el mismo obsequio. Aquel 28 de diciembre te dije: te regalo estos 365 días que están por empezar. Y qué vacío sería regalar algo en lo que te cuelas a cada rato, absorbiendo y llevándote para ti mis segundos, minutos, horas y días. Si ya te los robas, de nada vale darte permiso.
¿Qué te regalo? ¿Qué no he hecho ya? ¿Qué voy a sentir como suficiente y digno de ti?
Bueno, hay algo.
Algo más preciado para mí que cualquier otra cosa. Algo que llevo siempre conmigo, como arma y escudo. Algo que pongo en todo lo que hago en la vida. Algo que me permite crecer cada día. Que me define.
Ten. Te regalo mis palabras.
Feliz día.
Te puedo dar rosas. Pero, ¿para qué? Ya 29 te he dado en esta corta vida mía, y corta se queda la cantidad. No, mejor no. Le dejo las rosas a aquellos cuyos sentimientos tienen límite, quienes algún día van a haber dado suficientes. Que sigan comprándolas hasta que lleguen a su número, porque para mí no existe.
¿Y por qué no te doy un---? No, ni puedo terminar la pregunta. Peluches, joyas. Es todo lo mismo. ¿De qué vale regalarte algo material? Lo vas a agradecer y te va a gustar, pero no es para lo que vives. Lo último que eres es superficial, y nunca algo definido por el dinero va a tener tanto valor como un gesto. Que se los queden también ellos, esos que necesitan un objeto para expresarse.
O mejor, una montaña de chocolates. O una infinidad de galletas crocantes. O donas rellenas de todos los sabores. O muffins esperándote, reposando sobre tu alfombra. O tortas más dulces imposible. Mierda. Para considerarme una persona creativa, que falto de ideas estoy. ¿Cómo es posible que no se me ocurra algo que no sea repetirme? Quizás te pueda hacer probar finalmente el sushi. Quizás, porque seguramente ya lo hiciste.
¿Mi sonrisa? Muy tarde. Ya una vez te cité una canción: voy a regalarte mi mejor sonrisa, por si un día lloras tengas mi alegría, y te sientas siempre protegida niña. Y qué poco va a poder hacer esta insulsa sonrisa, comparada con esa, esa de 384 palabras -y más que faltaron-. Que ni se te ocurra sonreírme de vuelta, porque mi regalo quedaría en nada.
Tampoco puedo darte mi tiempo. Por enésima vez, no puedo volver a hacer el mismo obsequio. Aquel 28 de diciembre te dije: te regalo estos 365 días que están por empezar. Y qué vacío sería regalar algo en lo que te cuelas a cada rato, absorbiendo y llevándote para ti mis segundos, minutos, horas y días. Si ya te los robas, de nada vale darte permiso.
¿Qué te regalo? ¿Qué no he hecho ya? ¿Qué voy a sentir como suficiente y digno de ti?
Bueno, hay algo.
Algo más preciado para mí que cualquier otra cosa. Algo que llevo siempre conmigo, como arma y escudo. Algo que pongo en todo lo que hago en la vida. Algo que me permite crecer cada día. Que me define.
Ten. Te regalo mis palabras.
Feliz día.
domingo, 5 de enero de 2014
384
No temas, no voy a revelar todos tus secretos. Morirán conmigo y los enterrarán junto a mí. Tampoco es que sean muchos, hay suficiente espacio en la urna para ambos. Y es que de todas maneras, ¿qué ganaría haciéndolo? Si ya tu sonrisa te delata.
Esa sonrisa llena de alegría. Que por cada segundo que se hace presente, enumera una a una las cosas buenas de tu vida. Que ni un aviso fluorescente en mayúsculas recalcaría tan bien lo agradecida que estás. Que es una ventana a todas esas cosas tan simples que la gente da por hechas, pero que para ti lo son todo.
Esa sonrisa, bañada en esperanza. Que al separar tus labios deja ver como una película cada uno de tus sueños. Que hace evidente que no son anhelos o ilusiones, sino tu futuro. Que no deja espacio para duda alguna, porque sabes bien que vas a conseguirlo todo.
Esa sonrisa tan fuerte. Que puede aguantar el más temible y devastador huracán. Que año tras año no cambia, no se quiebra, no se tuerce, que sigue inclinándose muy levemente a la derecha. Que ha soportado el peso del mundo y aún así va y se ofrece a llevar más carga sobre sus hombros.
Esa sonrisa que no puede mentir, que habla de tu tristeza. Que ni bajo el sol más resplandeciente borra ese resquicio de aquello que extrañas. Que lamenta profundamente lo injusta que es la vida, poniendo distancias donde no se merecen. Que recrimina los lances del destino, castigando a quien solo bien ha obrado.
Esa sonrisa, que el miedo poco deja escapar. Que está enmarcada por temores que nunca han querido dejar de perseguirte. Que narra esas marcas de tu niñez aún presentes, escondidas cual cicatriz. Que no te deja liberarte y mostrar todo lo que eres, pues amenaza con un día quitártelo.
Esa sonrisa tan brillante, que cuando por fin se deja ver ilumina el cuarto y opaca todo a su alrededor. Esa sonrisa tan caliente, que es capaz de encender el alma y hacerla arder. Esa sonrisa tan pura, que como agua de manantial borra todo lo malo y solo deja vivo lo bueno.
Esa sonrisa tan humana y tan divina, tan plagada de todas tus virtudes y defectos. Tan perfecta, tan imperfecta.
Esa sonrisa tan tuya.
¿Ves? 384 palabras hablando solo de tu sonrisa. Por favor, no me pidas hablar de tu corazón, que necesito mis manos.
Esa sonrisa llena de alegría. Que por cada segundo que se hace presente, enumera una a una las cosas buenas de tu vida. Que ni un aviso fluorescente en mayúsculas recalcaría tan bien lo agradecida que estás. Que es una ventana a todas esas cosas tan simples que la gente da por hechas, pero que para ti lo son todo.
Esa sonrisa, bañada en esperanza. Que al separar tus labios deja ver como una película cada uno de tus sueños. Que hace evidente que no son anhelos o ilusiones, sino tu futuro. Que no deja espacio para duda alguna, porque sabes bien que vas a conseguirlo todo.
Esa sonrisa tan fuerte. Que puede aguantar el más temible y devastador huracán. Que año tras año no cambia, no se quiebra, no se tuerce, que sigue inclinándose muy levemente a la derecha. Que ha soportado el peso del mundo y aún así va y se ofrece a llevar más carga sobre sus hombros.
Esa sonrisa que no puede mentir, que habla de tu tristeza. Que ni bajo el sol más resplandeciente borra ese resquicio de aquello que extrañas. Que lamenta profundamente lo injusta que es la vida, poniendo distancias donde no se merecen. Que recrimina los lances del destino, castigando a quien solo bien ha obrado.
Esa sonrisa, que el miedo poco deja escapar. Que está enmarcada por temores que nunca han querido dejar de perseguirte. Que narra esas marcas de tu niñez aún presentes, escondidas cual cicatriz. Que no te deja liberarte y mostrar todo lo que eres, pues amenaza con un día quitártelo.
Esa sonrisa tan brillante, que cuando por fin se deja ver ilumina el cuarto y opaca todo a su alrededor. Esa sonrisa tan caliente, que es capaz de encender el alma y hacerla arder. Esa sonrisa tan pura, que como agua de manantial borra todo lo malo y solo deja vivo lo bueno.
Esa sonrisa tan humana y tan divina, tan plagada de todas tus virtudes y defectos. Tan perfecta, tan imperfecta.
Esa sonrisa tan tuya.
¿Ves? 384 palabras hablando solo de tu sonrisa. Por favor, no me pidas hablar de tu corazón, que necesito mis manos.
martes, 31 de diciembre de 2013
Reset
"Año nuevo, vida nueva", cantan sin parar el 31 de diciembre. "Me quedo con el 2013, este 2014 está siendo peor", gritan coléricos el 31 de enero. "2015, tráeme muchas cosas buenas", piden esperanzados el próximo 31 de diciembre. Y así se les van los años, repitiendo la misma historia una y otra vez.
La mayoría de las personas encierran en un círculo rojo la esquina del calendario que te obliga a comprar el siguiente, con la firme promesa de cambiar su vida. Todas esas cosas malas las van a dejar atrás. El año vuelve a empezar, y así hará uno, empezando desde cero. Qué oportunidad más perfecta para darle al botón de reset y volver a empezar el juego?
Y nunca es así. Tras tremendo inicio, afirmando que este va a ser, por fin, tu año, te das cuenta que todo el equipaje que tenías el año anterior te persigue a éste. Que no solo tienes que lidiar con esos antiguos problemas, sino con muchos otros que aparecen de la nada. Parece mentira, pero sí, este año nuevo es igual o más complicado que el anterior.
Y es qué, sinceramente, qué pretenden?
La gente piensa que un "año", sea lo que sea o quien sea eso, va a cambiar su vida y concederle sus deseos. Pasan todo el 31 decidiendo los 12 deseos que van a acompañar sus uvas, y le ponen más énfasis a ello que a decidir sus resoluciones de año nuevo. Creen que éste va a traerles dinero, les aparecerá una novia, los aliviará de sus enfermedades y les quitará esos kilos demás. No, el "año nuevo" no es un genio que te concede 12 deseos.
Pero sí, es la oportunidad perfecta para empezar de nuevo. Uno puede volver a empezar cuando quiera, cualquiera de los 365 días del año, pero ninguno tiene la misma belleza poética que el 1 de enero. Sin problema, puedes presionar el botón reset. Pero no en el año, o en tu entorno. El botón tienes que presionarlo en ti mismo.
Y no es un comienzo limpio. Tus problemas no se van a ir, ni mucho menos. Pero sin dificultad alguna puedes borrar tu actitud anterior hacia ellos y reemplazarla por una nueva, más sana, más decidida. Esos deseos y metas no van a caer del cielo - es el momento perfecto para que te motives y enfrasques tu mente en cumplirlas, con trabajo duro.
Sí es posible decir "año nuevo, vida nueva". Pero más que decirlo, tienes que hacerlo. Está en tu poder buscar en ti mismo, a la medianoche, el botón de reset. Presionarlo y volver a empezar, pero no desde cero. Empezar sabiendo bien qué quieres, y más que eso, cómo vas a conseguirlo. Tienes 12 meses para conseguirlo.
Feliz año nuevo.
La mayoría de las personas encierran en un círculo rojo la esquina del calendario que te obliga a comprar el siguiente, con la firme promesa de cambiar su vida. Todas esas cosas malas las van a dejar atrás. El año vuelve a empezar, y así hará uno, empezando desde cero. Qué oportunidad más perfecta para darle al botón de reset y volver a empezar el juego?
Y nunca es así. Tras tremendo inicio, afirmando que este va a ser, por fin, tu año, te das cuenta que todo el equipaje que tenías el año anterior te persigue a éste. Que no solo tienes que lidiar con esos antiguos problemas, sino con muchos otros que aparecen de la nada. Parece mentira, pero sí, este año nuevo es igual o más complicado que el anterior.
Y es qué, sinceramente, qué pretenden?
La gente piensa que un "año", sea lo que sea o quien sea eso, va a cambiar su vida y concederle sus deseos. Pasan todo el 31 decidiendo los 12 deseos que van a acompañar sus uvas, y le ponen más énfasis a ello que a decidir sus resoluciones de año nuevo. Creen que éste va a traerles dinero, les aparecerá una novia, los aliviará de sus enfermedades y les quitará esos kilos demás. No, el "año nuevo" no es un genio que te concede 12 deseos.
Pero sí, es la oportunidad perfecta para empezar de nuevo. Uno puede volver a empezar cuando quiera, cualquiera de los 365 días del año, pero ninguno tiene la misma belleza poética que el 1 de enero. Sin problema, puedes presionar el botón reset. Pero no en el año, o en tu entorno. El botón tienes que presionarlo en ti mismo.
Y no es un comienzo limpio. Tus problemas no se van a ir, ni mucho menos. Pero sin dificultad alguna puedes borrar tu actitud anterior hacia ellos y reemplazarla por una nueva, más sana, más decidida. Esos deseos y metas no van a caer del cielo - es el momento perfecto para que te motives y enfrasques tu mente en cumplirlas, con trabajo duro.
Sí es posible decir "año nuevo, vida nueva". Pero más que decirlo, tienes que hacerlo. Está en tu poder buscar en ti mismo, a la medianoche, el botón de reset. Presionarlo y volver a empezar, pero no desde cero. Empezar sabiendo bien qué quieres, y más que eso, cómo vas a conseguirlo. Tienes 12 meses para conseguirlo.
Feliz año nuevo.
sábado, 28 de diciembre de 2013
El explorador del desierto
Había una vez un hombre que lo tenía todo, pero no sabía lo que era el amor. Así que decidió embarcarse en un viaje por el desierto, dejando la comodidad, para intentar descubrirlo.
Mucho vio, consiguió y aprendió, hasta que un día se encontró a una campesina. Poco tardó el explorador en caer perdidamente enamorado de ella. Tuvo que luchar mucho, e incluso debió perder y dejar atrás todo lo que un día tuvo, pero finalmente logró ganar la larga batalla y estar al lado de la mujer que quería. Creía haber logrado su cometido, haber descubierto lo que era el amor.
El explorador, ya sin nada en su vida más que la campesina, vivió por y para ella. Fue inconmesurablemente feliz y se dedicó a hacerla sentir igual. Pero no fue así. La campesina no había dejado atrás su vida, su familia, su hogar en el desierto. Y por mucho que quiso al explorador, nunca pudo vivir por y para él. Él lo interpretó como falta de cariño y se lo recriminó. Ella luchó por sentirse igual, pero era infructuoso. Finalmente, no pudo ser. La campesina decidió seguir con su vida y el explorador volvió a lanzarse al desierto.
Mucho tiempo volvió a pasar el explorador entre las dunas, ya sin la misma energía que antes. Buscó algunas de las cosas que había dejado, pero ya no estaban ahí. No era la misma persona. Era mucho más frío, más seco, menos benévolo. Hizo cosas que nunca habría creído posible de sí mismo. Traicionó, robó, asesinó. Su nueva travesía por el desierto fue muy larga y llena de malicia.
Un día el explorador se sintió muy vacío, y se dejó caer junto a una palmera. A la distancia vio una figura, que mientras se acercaba más y más alcanzó a reconocer como uno de los jinetes más reconocidos de la región. El explorador siempre le había hecho burla por su forma de ser. Pero esta vez, vencido, decidió prestarle atención y escucharlo. El jinete no había llegado a ser caballero por casualidad. Había trabajado desde el punto más bajo de su vida hasta ser coronado. Donde menos lo pensó, el explorador consiguió inspiración.
El explorador siguió el ejemplo del jinete y empezó a reformarse desde cero. A trabajar a diario entre las arenas, a sudar, a quebrar cada fibra de su cuerpo. A recuperar todas las cosas que perdió antes de su viaje. A perseguir aquellas metas que se había trazado años antes. No fue fácil, pero tras un arduo esfuerzo el explorador lo logró.
Ya no vivía en una carpa, sino en un magnífico castillo. Ya no buscaba agua de oasis en oasis, ahora tenía fuentes de todos los tipos. Ya no estaba solo, lo rodeaba su numerosa familia y grandes amigos, a quienes ahora tenía la fuerza para proteger. Ya no era un mero explorador sin rumbo, ahora era grande. Nunca tanto como el jinete de su inspiración, pero lo era.
Un día, viajando muy tranquilamente por un pequeño pueblo, el explorador se consiguió a la campesina. No la ignoró, pues ella no se merecía tal trato. Compartieron unas pocas palabras amables y luego siguió cada uno por su camino.
De regreso a su castillo, el explorador se dio cuenta de que si no hubiera sido por ella, nunca habría tenido la motivación para triunfar; nunca se habría fijado en el reconocido jinete. Conforme entraba a su hogar, miraba todo a su alrededor, y se daba cuenta de que se lo debía a la campesina. Sin ella, no tendría nada de eso. El explorador sonrió agradecido.
Una vez que se sentó en su trono, el explorador se fijó en una silla vacía a su lado, y algo vio. A pesar de todo lo que tenía ahora, de haber llegado más lejos que nunca, de haber conquistado mil y una riquezas. A pesar de no ser la misma persona, ni de cerca. A pesar de todo, quería que la persona sentada a su lado aún fuera la campesina.
Ese día, el explorador descubrió lo que era el amor.
lunes, 16 de diciembre de 2013
Cadenas
"Hombre encadena a recién nacido". Suena horrible, ¿no? Nefasto. ¿Y si te digo que sucede a diario? ¿Que, muy probablemente, a ti también te lo hicieron?
Desde el momento en que uno nace empiezan a encadenarlo. Un bebé llora, expresando una necesidad, y le ponen un chupón para que cese su llanto. La primera, pero no la única cadena que le ponen a uno a lo largo de su vida. Y no lo hacen con vil intención, pues un padre nunca querría hacer daño a su hijo. Simplemente intentan, desde lo más temprano posible, evitar que vaya a fallar.
¿Cuántos sueños tienes hoy? ¿Uno? ¿Cinco? ¿Diez? Trata de recordar, dentro de lo que se puede, cuántos sueños tuviste cuando niño. Dirás que cientos, y capaz te quedes corto. Querías volar, recorrer el mundo, ser futbolista, hablar diez idiomas, casarte con la persona perfecta para ti, hacer música, ser presidente. Me falta.
Sueños que murieron, pues solo vuelan los pájaros. Recorrer el mundo es perder el dinero. Para ser futbolista debiste nacer para ello. Hablar diez idiomas es para locos. No existen personas perfectas para ti. La música no es lo tuyo, no tienes la voz. Presidentes solo hay pocos. Y es qué, ¿cómo va a permitir eso un padre, un tío, un amigo, un compañero? ¿Cómo va a permitir que dediques tu vida a un sueño y que falles? Quedarías destruido, vencido.
Hoy en día solo vuelas en aviones. Viajas a veces, a los mismos países. Hablas dos, tres idiomas. Estás junto a una persona que no amas plenamente. Ves el fútbol, oyes la música, votas por el presidente. ¿Que diferente, no? Parecen realidades alternas, lo que todos quieren cuando niños y lo que son de grandes. Todo el mundo, desde tus familiares hasta la sociedad te va a imponer cadenas, a veces por protección, a veces por maldad, pero te van a recalcar y repetir una y otra vez que la palabra "imposible" existe.
Uno aprende en la vida, y cuando se da cuenta de la importancia de sus sueños, puede rectificar y buscarlo, porque en esta vida nunca es demasiado tarde. Pero mientras más pasa el tiempo más te das cuenta de cadenas que te robaron sueños.
Yo tengo un sueño. Desde pequeño lo he tenido, cuando lo podía imaginar claramente. Siempre pensé que era imposible, por lo que me dediqué a cumplir otros. Y mal no me ha ido - soy muy feliz. Hace unas semanas seguía pensando en que era imposible.
Y entonces está ella. Que tiene el mismo sueño, y que lo persigue con tal facilidad. Que hace parecer sus cadenas de viento, porque nadie las puede ver. Que no muestra ni ápice de miedo. Que tiene esa sonrisa perenne. Ella, que me hace cuestionar todo. Maldita sea.
Desde el momento en que uno nace empiezan a encadenarlo. Un bebé llora, expresando una necesidad, y le ponen un chupón para que cese su llanto. La primera, pero no la única cadena que le ponen a uno a lo largo de su vida. Y no lo hacen con vil intención, pues un padre nunca querría hacer daño a su hijo. Simplemente intentan, desde lo más temprano posible, evitar que vaya a fallar.
¿Cuántos sueños tienes hoy? ¿Uno? ¿Cinco? ¿Diez? Trata de recordar, dentro de lo que se puede, cuántos sueños tuviste cuando niño. Dirás que cientos, y capaz te quedes corto. Querías volar, recorrer el mundo, ser futbolista, hablar diez idiomas, casarte con la persona perfecta para ti, hacer música, ser presidente. Me falta.
Sueños que murieron, pues solo vuelan los pájaros. Recorrer el mundo es perder el dinero. Para ser futbolista debiste nacer para ello. Hablar diez idiomas es para locos. No existen personas perfectas para ti. La música no es lo tuyo, no tienes la voz. Presidentes solo hay pocos. Y es qué, ¿cómo va a permitir eso un padre, un tío, un amigo, un compañero? ¿Cómo va a permitir que dediques tu vida a un sueño y que falles? Quedarías destruido, vencido.
Hoy en día solo vuelas en aviones. Viajas a veces, a los mismos países. Hablas dos, tres idiomas. Estás junto a una persona que no amas plenamente. Ves el fútbol, oyes la música, votas por el presidente. ¿Que diferente, no? Parecen realidades alternas, lo que todos quieren cuando niños y lo que son de grandes. Todo el mundo, desde tus familiares hasta la sociedad te va a imponer cadenas, a veces por protección, a veces por maldad, pero te van a recalcar y repetir una y otra vez que la palabra "imposible" existe.
Uno aprende en la vida, y cuando se da cuenta de la importancia de sus sueños, puede rectificar y buscarlo, porque en esta vida nunca es demasiado tarde. Pero mientras más pasa el tiempo más te das cuenta de cadenas que te robaron sueños.
Yo tengo un sueño. Desde pequeño lo he tenido, cuando lo podía imaginar claramente. Siempre pensé que era imposible, por lo que me dediqué a cumplir otros. Y mal no me ha ido - soy muy feliz. Hace unas semanas seguía pensando en que era imposible.
Y entonces está ella. Que tiene el mismo sueño, y que lo persigue con tal facilidad. Que hace parecer sus cadenas de viento, porque nadie las puede ver. Que no muestra ni ápice de miedo. Que tiene esa sonrisa perenne. Ella, que me hace cuestionar todo. Maldita sea.
domingo, 14 de julio de 2013
Historia
El pasado hay que dejarlo en el pasado. Eso está claro. Pero cómo se hace cuando, por muy cerrado y enterrado que esté, vuelve en otras formas a atacarte? Cómo se hace cuando no es el pasado lo que regresa por ti, sino la historia?
Parecen, pero no son lo mismo. El pasado son personas, momentos - todo eso que experimentas. Aprendes y sigues adelante. No es fácil, por supuesto, pero cuando toca lo puedes dejar atrás. La historia no. La historia es el relato, todo lo que pasó y cómo pasó. La historia queda para siempre y nada la puede borrar.
Cierras un capítulo, pasas al siguiente, e incluso abres otro libro. Casi todo es nuevo, salvando esas cosas -y personas- que vale la pena conservar. Ganas y también pierdes, como siempre. Pero llega un día, y sin más te das cuenta - tú eres otro, la persona es otra, el lugar es otro, pero estás en la misma situación que hace años. Más claro no puede ser: la historia se repite.
Se puede explicar de cualquier manera. Unos dirán que es lógica - en el fondo sigues siendo el mismo e inconscientemente repites tus mismos errores. Otros dirán que es el destino - que estamos condenados a revivir nuestras vidas. Sea como fuere, es innegable que la historia vuelve para atormentarnos una y otra vez.
Claro, no eres el mismo, has crecido y madurado y en teoría debes poder afrontarlo de mejor manera. Pero en la práctica, ni cerca de ser así.
Ese momento en el que miras alrededor y te encuentras donde una vez estuviste es aterrador. Tus miedos renacen y esa persona que una vez fuiste -y que falló- vuelve a tu cuerpo y te posee. Las inseguridades están tan frescas como las dejaste tiempo atrás. Tus soluciones, pensamientos, sentimientos son los mismos. Coleccionas los errores que antes cometiste. Tan inocente, como si no hubieras aprendido nada.
En estas palabras pretendo explicarme, más no ofrecer una solución. Porque no la tengo. Cómo se supone que vivas otra vez tu vida y la cambies? Cómo vences la historia? Cómo te vences a ti mismo, a quien llegaste a ser? No sé, pero tengo una vaga idea:
A quien llegaste a ser una vez lo vences con quien llegaste a ser ahora. No lo ves, pero sabes que es verdad - ahora puedes.
Parecen, pero no son lo mismo. El pasado son personas, momentos - todo eso que experimentas. Aprendes y sigues adelante. No es fácil, por supuesto, pero cuando toca lo puedes dejar atrás. La historia no. La historia es el relato, todo lo que pasó y cómo pasó. La historia queda para siempre y nada la puede borrar.
Cierras un capítulo, pasas al siguiente, e incluso abres otro libro. Casi todo es nuevo, salvando esas cosas -y personas- que vale la pena conservar. Ganas y también pierdes, como siempre. Pero llega un día, y sin más te das cuenta - tú eres otro, la persona es otra, el lugar es otro, pero estás en la misma situación que hace años. Más claro no puede ser: la historia se repite.
Se puede explicar de cualquier manera. Unos dirán que es lógica - en el fondo sigues siendo el mismo e inconscientemente repites tus mismos errores. Otros dirán que es el destino - que estamos condenados a revivir nuestras vidas. Sea como fuere, es innegable que la historia vuelve para atormentarnos una y otra vez.
Claro, no eres el mismo, has crecido y madurado y en teoría debes poder afrontarlo de mejor manera. Pero en la práctica, ni cerca de ser así.
Ese momento en el que miras alrededor y te encuentras donde una vez estuviste es aterrador. Tus miedos renacen y esa persona que una vez fuiste -y que falló- vuelve a tu cuerpo y te posee. Las inseguridades están tan frescas como las dejaste tiempo atrás. Tus soluciones, pensamientos, sentimientos son los mismos. Coleccionas los errores que antes cometiste. Tan inocente, como si no hubieras aprendido nada.
En estas palabras pretendo explicarme, más no ofrecer una solución. Porque no la tengo. Cómo se supone que vivas otra vez tu vida y la cambies? Cómo vences la historia? Cómo te vences a ti mismo, a quien llegaste a ser? No sé, pero tengo una vaga idea:
A quien llegaste a ser una vez lo vences con quien llegaste a ser ahora. No lo ves, pero sabes que es verdad - ahora puedes.
jueves, 13 de junio de 2013
Vacío
Hace 365 días y tres horas mi vida giraba en torno a una persona que había perdido. Pensaba en ella, intentaba saber de su vida, suspiraba por su regreso, pero sobre todo, la extrañaba. La extrañaba todos los benditos días. Cada hora, minuto, segundo. Una hora después, ni recordaba su nombre. Pasó.
No vale con verlo, temerlo o imaginarlo. Hay que vivirlo. Es la única manera de entender. Ni siquiera al momento lo comprendes - te impacta, pero es con el paso del tiempo que empiezas a sentirlo. Corrijo: con el peso del tiempo. Días, semanas, meses. Llega el año y sigues sin entender qué pasó, ni cómo, ni por qué. Cada vez pesa más la ausencia. Pesa más el vacío.
Dos meses después me encontré pensando en ella, por quien dedicaba el primer párrafo. Sabía que estaba lejos y me pregunté dónde. Aún la quería, por supuesto. Pero me di cuenta de algo. No la extrañaba. Para nada. Y no la había extrañado en dos meses. Fue allí cuando lo razoné:
Cuando extrañas a alguien que no puede volver, te das cuenta de lo estúpido que es extrañar a alguien que no quiere hacerlo.
Cómo iba a extrañarla? Ella decidió irse de mi vida. Ella podía estar a mi lado y optó por no hacerlo. Y ahí tenías a mi segundo padre, quien estaba seguro hubiera dado todo por volver a estar conmigo y con toda su familia. Nunca más la extrañé, ni a ella ni a ninguna otra persona que estuviera ausente por elección. No. Cómo iba a hacerlo?
Suficiente ya con todo lo que me falta. Porque a una persona no la pierdes una vez, ni dos, ni cien - la pierdes a diario. Es hacerte consciente que no volverás a verla, que no podrás oírla. Descubres cosas nuevas, detalles invisibles. Darte cuenta de que ese "Javi, y las novias?" era una motivación permanente. Saber que cuando todos te tildaban de flaco y que nadie apostaba una moneda por ti, él te llevó a un gimnasio y te aseguró que ibas a lograr todo lo que querías.
Y los arrepentimientos. Los malditos arrepentimientos. Cuánto lamentas no tomarte más fotos con él, no preguntarle más, no haber hecho más por él. Sentir que no diste por él ni una milésima de lo que él dio por ti. Penas inútiles porque al final del día sabes que él no podría estar más orgulloso de ti.
Perder a alguien cambia tu vida para siempre. A día de hoy, no puedo despedirme de alguien sin pedirle que se cuide. En cada chance le recuerdo a las personas que me importan cuánto las quiero. Salgo del gimnasio, miro al cielo, y le agradezco darme la oportunidad y la fuerza para estar donde estoy. No soy el mismo. Ni cerca.
Pero nunca, jamás, dejaré de extrañarlo. Ese vacío siempre estará en mi alma. Citando a Damon Salvatore:
Porque al final, cuando pierdes a alguien, todas las velas, todos los rezos, no van a compensar el hecho de que lo único que te queda es un agujero en tu vida donde esa persona que querías solía estar.
Te extraño Chucho.
No vale con verlo, temerlo o imaginarlo. Hay que vivirlo. Es la única manera de entender. Ni siquiera al momento lo comprendes - te impacta, pero es con el paso del tiempo que empiezas a sentirlo. Corrijo: con el peso del tiempo. Días, semanas, meses. Llega el año y sigues sin entender qué pasó, ni cómo, ni por qué. Cada vez pesa más la ausencia. Pesa más el vacío.
Dos meses después me encontré pensando en ella, por quien dedicaba el primer párrafo. Sabía que estaba lejos y me pregunté dónde. Aún la quería, por supuesto. Pero me di cuenta de algo. No la extrañaba. Para nada. Y no la había extrañado en dos meses. Fue allí cuando lo razoné:
Cuando extrañas a alguien que no puede volver, te das cuenta de lo estúpido que es extrañar a alguien que no quiere hacerlo.
Cómo iba a extrañarla? Ella decidió irse de mi vida. Ella podía estar a mi lado y optó por no hacerlo. Y ahí tenías a mi segundo padre, quien estaba seguro hubiera dado todo por volver a estar conmigo y con toda su familia. Nunca más la extrañé, ni a ella ni a ninguna otra persona que estuviera ausente por elección. No. Cómo iba a hacerlo?
Suficiente ya con todo lo que me falta. Porque a una persona no la pierdes una vez, ni dos, ni cien - la pierdes a diario. Es hacerte consciente que no volverás a verla, que no podrás oírla. Descubres cosas nuevas, detalles invisibles. Darte cuenta de que ese "Javi, y las novias?" era una motivación permanente. Saber que cuando todos te tildaban de flaco y que nadie apostaba una moneda por ti, él te llevó a un gimnasio y te aseguró que ibas a lograr todo lo que querías.
Y los arrepentimientos. Los malditos arrepentimientos. Cuánto lamentas no tomarte más fotos con él, no preguntarle más, no haber hecho más por él. Sentir que no diste por él ni una milésima de lo que él dio por ti. Penas inútiles porque al final del día sabes que él no podría estar más orgulloso de ti.
Perder a alguien cambia tu vida para siempre. A día de hoy, no puedo despedirme de alguien sin pedirle que se cuide. En cada chance le recuerdo a las personas que me importan cuánto las quiero. Salgo del gimnasio, miro al cielo, y le agradezco darme la oportunidad y la fuerza para estar donde estoy. No soy el mismo. Ni cerca.
Pero nunca, jamás, dejaré de extrañarlo. Ese vacío siempre estará en mi alma. Citando a Damon Salvatore:
Porque al final, cuando pierdes a alguien, todas las velas, todos los rezos, no van a compensar el hecho de que lo único que te queda es un agujero en tu vida donde esa persona que querías solía estar.
Te extraño Chucho.
lunes, 7 de marzo de 2011
Del miedo al miedo
En una entrada previa ya había comentado que luego hablaría del miedo, y a eso mismo me dedicaré hoy. En aquel momento di la mejor introducción posible - que el miedo tiene una función muy sencilla, la cual no es más que robarte oportunidades. Y lo peor del caso es que se presenta en tantas formas que se hace muy complicado el vencerlo.
Todos hemos sentido el miedo. Algunos más que otros, pero lo hemos vivido. Y en base a mi experiencia creo que todas estas variedades pueden agruparse en dos tipos básicos: el miedo a las aflicciones y el miedo a lo nuevo.
El miedo a la aflicción es el más común. Es el temor a que algo salga mal, a que una persona nos decepcione, a que un negocio nos salga mal, a que suframos un accidente. Es algo completamente normal. Después de todo, nada en esta vida tiene garantías de que sea perfecto, y por mucho que nos esforzemos y trabajemos, siempre está esa posibilidad de que las cosas no salgan como deseamos.
Aún cuando sea totalmente entendible y sea incorrecto culpar a una persona el sentirlo, este miedo a la aflicción no es bueno. El temer que algo no salga acorde al plan te roba el momento y no permite que disfrutes aquellos elementos que sí están corriendo como debe ser. Para ponerlo de otra forma: cuando exista la felicidad en tu vida, debes poner los dos ojos sobre ella, y no tener uno pendiente de los posibles infortunios.
Y está el otro miedo, uno del que se habla menos, pero que es mucho más letal. El miedo a lo nuevo. Y es que es un hecho irrefutable: las personas le tienen miedo a lo desconocido, al cambio. Cuando una persona tiene de frente una oportunidad que ha esperado toda su vida y que podría cambiarla en todos los sentidos, tiende a resistirse. Uno se acostumbra a lo que tiene y cuando se le plantea el voltear su mundo, se resiste a hacerlo. Plana y sencillamente, la gente le teme a la felicidad.
Probablemente no sea necesario decirlo, pero esto tampoco es bueno. Estas decisiones, que conllevan un efecto mariposa, por lo general son capaces de traer las mejores cosas de la vida. El pasado puede ser excelente, pero puede comportarse como una cadena: atándote y no permitiéndote viajar a un lugar nuevo, diferente, y sobre todo, mejor.
Más que obvio entonces: este temor no ayuda, y uno debe superarlo para poder llevar la vida que se merece. Y la mejor forma de hacer esto es aplicando un tercer tipo de miedo, pues al iniciar este escrito mentí al decir que existían dos: tenemos el miedo al miedo.
En resumen, el miedo te quita la vista de lo que tienes y te hace dejar ir oportunidades. Por eso, tenle miedo al miedo. Más que a este mismo, tenle miedo a lo que él te puede hacer. Será confuso pero si tienes ésto presente puedes afrontarlo, y ni siquiera hacen falta fuerzas para ello. Quizás una pequeña conversación de Lost ejemplifique mejor de lo que hablo..
James Ford: Estás asustada, no?
Cassidy Phillips: Un poco.
James Ford: Bueno, aquí están las buenas noticias cariño - todo el mundo está asustado. Y la cosa de la que más están asustados es de perder una oportunidad.
Por todo esto, concluyo de una vez: no dejes que el miedo te domine y te despoje de lo que tú te mereces. Tenle miedo al miedo.
Todos hemos sentido el miedo. Algunos más que otros, pero lo hemos vivido. Y en base a mi experiencia creo que todas estas variedades pueden agruparse en dos tipos básicos: el miedo a las aflicciones y el miedo a lo nuevo.
El miedo a la aflicción es el más común. Es el temor a que algo salga mal, a que una persona nos decepcione, a que un negocio nos salga mal, a que suframos un accidente. Es algo completamente normal. Después de todo, nada en esta vida tiene garantías de que sea perfecto, y por mucho que nos esforzemos y trabajemos, siempre está esa posibilidad de que las cosas no salgan como deseamos.
Aún cuando sea totalmente entendible y sea incorrecto culpar a una persona el sentirlo, este miedo a la aflicción no es bueno. El temer que algo no salga acorde al plan te roba el momento y no permite que disfrutes aquellos elementos que sí están corriendo como debe ser. Para ponerlo de otra forma: cuando exista la felicidad en tu vida, debes poner los dos ojos sobre ella, y no tener uno pendiente de los posibles infortunios.
Y está el otro miedo, uno del que se habla menos, pero que es mucho más letal. El miedo a lo nuevo. Y es que es un hecho irrefutable: las personas le tienen miedo a lo desconocido, al cambio. Cuando una persona tiene de frente una oportunidad que ha esperado toda su vida y que podría cambiarla en todos los sentidos, tiende a resistirse. Uno se acostumbra a lo que tiene y cuando se le plantea el voltear su mundo, se resiste a hacerlo. Plana y sencillamente, la gente le teme a la felicidad.
Probablemente no sea necesario decirlo, pero esto tampoco es bueno. Estas decisiones, que conllevan un efecto mariposa, por lo general son capaces de traer las mejores cosas de la vida. El pasado puede ser excelente, pero puede comportarse como una cadena: atándote y no permitiéndote viajar a un lugar nuevo, diferente, y sobre todo, mejor.
Más que obvio entonces: este temor no ayuda, y uno debe superarlo para poder llevar la vida que se merece. Y la mejor forma de hacer esto es aplicando un tercer tipo de miedo, pues al iniciar este escrito mentí al decir que existían dos: tenemos el miedo al miedo.
En resumen, el miedo te quita la vista de lo que tienes y te hace dejar ir oportunidades. Por eso, tenle miedo al miedo. Más que a este mismo, tenle miedo a lo que él te puede hacer. Será confuso pero si tienes ésto presente puedes afrontarlo, y ni siquiera hacen falta fuerzas para ello. Quizás una pequeña conversación de Lost ejemplifique mejor de lo que hablo..
James Ford: Estás asustada, no?
Cassidy Phillips: Un poco.
James Ford: Bueno, aquí están las buenas noticias cariño - todo el mundo está asustado. Y la cosa de la que más están asustados es de perder una oportunidad.
Por todo esto, concluyo de una vez: no dejes que el miedo te domine y te despoje de lo que tú te mereces. Tenle miedo al miedo.
lunes, 21 de febrero de 2011
La felicidad es una decisión
Estas cinco palabras del título las leí hoy en la red social Twitter, a manos de una amiga. De una vez sentí la necesidad de compartirlas a través de esa misma vía y por aquí, ya que a pesar de que al instante no les hice mucho análisis, sabía que son correctas.
Uno decide ser feliz, y lo es? Parece demasiado sencillo para ser verdad, y a la vez, imposible, por todas las cosas que vivimos día a día. Tristezas, rabias, decepciones, fallos, sueños destruidos, personas que se van. Tanta desgracia nos suele rodear que concluimos, con toda la seguridad del mundo, que la felicidad es algo casi inalcanzable, que solo obtendremos al final del camino: al graduarnos, al conseguir a esa persona, al terminar un proyecto que nos proponemos.
He ahí la muy popular frase, 'la búsqueda de la felicidad', que va desde ser el nombre de la gran película de Will Smith hasta ser pronunciada como uno de los tres derechos del hombre en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. El problema está en que las personas pueden llegar a tomarse todo muy literalmente, y el significado que le han dado a estas palabras no es una excepción.
Uno no busca la felicidad. En la búsqueda está la felicidad.
Pueden sonar estereotipadas esas palabras, pero por experiencia personal, me consta que es así. Esto seguro aplicará a todos, pero en muchos momentos de mi vida, yo emprendí a buscar la felicidad. Y al no encontrarla, me frustraba, y naturalmente, me alejaba más de ella. Era algo infructuoso, y que llevaba a decepcionarme, quejarme, y pensar que era inútil.
Pero en medio de toda esa desesperanza, puedo destacar cinco tiempos, quizás seis, en los que experimenté una semana, o un mes, o hasta más tiempo de algo que solo podría describir como felicidad. Plena, completa, sin verle defecto alguno. Y sonará exagerado, pero el detalle es que fue tan sencillo como declaran las palabras iniciales: lo decidí, y lo fui.
Como he repetido muchas veces en este blog, no fue fácil. Pero llegaban cosas a mi vida, que a pesar de que no eran lo que quería o lo que necesitaba, me hacían decirme a mí mismo que era suficiente. Que iba a ser feliz. Y sorprendentemente, me di cuenta de que lo único difícil era eso: el tomar la decisión. Porque la mayoría de nosotros, aún sin saberlo, tenemos miedo a ser felices.
A la final, es cuestión de perspectiva. Cada elemento se puede ver desde el ángulo que se quiera ver. Pesimistas son aquellos que tildan a las oportunidades como el camino al fracaso. Optimistas son aquellos que tildan a los fracasos de oportunidades. Y una persona que decide ser feliz, y que está convencida de ello, es un optimista: una persona que toma un diamante o un grano de oro y los observa por igual, desde el mejor ángulo.
Por eso, lo repetiré una vez más: la felicidad es una decisión. Es a la vez así de fácil y así de difícil. Mucho me costó entenderlo, pero aquí estoy, con una de las lecciones de vida más importantes que puede haber. Y entonces, ahora te toca a ti escoger si seguirás buscando la felicidad, o si tomarás la decisión y simplemente, serás feliz.
P.S.: sería injusto no dedicarle una rápida palabra al blog de la autora de las palabras que dieron raíz a esta entrada. Gran redacción y aún mejores pensamientos, altamente recomendado - Sobre la vida y sus desgracias
Uno decide ser feliz, y lo es? Parece demasiado sencillo para ser verdad, y a la vez, imposible, por todas las cosas que vivimos día a día. Tristezas, rabias, decepciones, fallos, sueños destruidos, personas que se van. Tanta desgracia nos suele rodear que concluimos, con toda la seguridad del mundo, que la felicidad es algo casi inalcanzable, que solo obtendremos al final del camino: al graduarnos, al conseguir a esa persona, al terminar un proyecto que nos proponemos.
He ahí la muy popular frase, 'la búsqueda de la felicidad', que va desde ser el nombre de la gran película de Will Smith hasta ser pronunciada como uno de los tres derechos del hombre en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. El problema está en que las personas pueden llegar a tomarse todo muy literalmente, y el significado que le han dado a estas palabras no es una excepción.
Uno no busca la felicidad. En la búsqueda está la felicidad.
Pueden sonar estereotipadas esas palabras, pero por experiencia personal, me consta que es así. Esto seguro aplicará a todos, pero en muchos momentos de mi vida, yo emprendí a buscar la felicidad. Y al no encontrarla, me frustraba, y naturalmente, me alejaba más de ella. Era algo infructuoso, y que llevaba a decepcionarme, quejarme, y pensar que era inútil.
Pero en medio de toda esa desesperanza, puedo destacar cinco tiempos, quizás seis, en los que experimenté una semana, o un mes, o hasta más tiempo de algo que solo podría describir como felicidad. Plena, completa, sin verle defecto alguno. Y sonará exagerado, pero el detalle es que fue tan sencillo como declaran las palabras iniciales: lo decidí, y lo fui.
Como he repetido muchas veces en este blog, no fue fácil. Pero llegaban cosas a mi vida, que a pesar de que no eran lo que quería o lo que necesitaba, me hacían decirme a mí mismo que era suficiente. Que iba a ser feliz. Y sorprendentemente, me di cuenta de que lo único difícil era eso: el tomar la decisión. Porque la mayoría de nosotros, aún sin saberlo, tenemos miedo a ser felices.
A la final, es cuestión de perspectiva. Cada elemento se puede ver desde el ángulo que se quiera ver. Pesimistas son aquellos que tildan a las oportunidades como el camino al fracaso. Optimistas son aquellos que tildan a los fracasos de oportunidades. Y una persona que decide ser feliz, y que está convencida de ello, es un optimista: una persona que toma un diamante o un grano de oro y los observa por igual, desde el mejor ángulo.
Por eso, lo repetiré una vez más: la felicidad es una decisión. Es a la vez así de fácil y así de difícil. Mucho me costó entenderlo, pero aquí estoy, con una de las lecciones de vida más importantes que puede haber. Y entonces, ahora te toca a ti escoger si seguirás buscando la felicidad, o si tomarás la decisión y simplemente, serás feliz.
P.S.: sería injusto no dedicarle una rápida palabra al blog de la autora de las palabras que dieron raíz a esta entrada. Gran redacción y aún mejores pensamientos, altamente recomendado - Sobre la vida y sus desgracias
jueves, 17 de febrero de 2011
La teoría de la evolución de Mark Wahlberg
'La gente no cambia'. Frase repetida hasta el cansancio en todos los campos de la vida. Hay muchas variantes, desde refranes a consejos de que nunca debes confiar en alguien que te falla la primera vez, pero la versión que más me gusta es la mencionada a James 'Sawyer' Ford -Lost- y que luego él mismo repetiría: 'a tiger don't change their stripes'. O en español, un tigre no cambia sus rayas.
Qué tan cierto es esto? Tengo toda la seguridad de que si alguien saliera a la calle a hacer una encuesta, obtendría opiniones repartidas al 50%. Tenemos esa gente que decidió dar una segunda oportunidad y le salió perfectamente. Hubo cambio. Y tenemos aquellas personas que dieron una segunda, una tercera, y pare de contar cuántas oportunidades dieron y cada vez quedaron más decepcionados. Definitivamente, cero cambio.
Siendo sincero, en este instante no tengo una elección clara entre las dos posibilidades, pues haciendo retrospectiva en mi vida tendría razones para ser partidario de cualquiera. Aquí presento un poco de esto.
La más clara referencia para esto es el Javier del 2007, ya que a partir de ese año empecé a vivir una experiencia tras otra. Y comparando con este momento, evidentemente hay tremendo cambio. Para empezar, soy una persona infinitamente más madura. No dejo pasar oportunidades y aprovecho cada segundo al máximo. Me liberé de la presencia del pasado, el cual antes me atormentaba y me robaba el presente. Soy más fuerte. Entendiendo mejor la vida y a las personas. Pasé de basar mi relación con mis padres en pequeñas mentiras para poder salir a basarla en la sinceridad. Puedo abarcar mucho más. Ya no soy una persona inestable, y las tendencias auto-destructivas que aparecían en mis colapsos ni se asoman. Valoro el ayudar a la gente y el hacer cosas buenas solo porque sí. Y quizá la mayor de todas, entendí el significado de las palabras let go.
Esa lista tan larga parece confirmar que sí, podemos cambiar. Pero por otro lado...
Sigo siendo una persona masoquista - inconscientemente, SIEMPRE ignoro esas opciones que son 'mejores', y elijo aquellas que por muchas consecuencias puedan tener, son las que siento, las que quiero. Sigo siendo desinteresado, es decir, nada egoísta - no me importa tomar decisiones que me hagan daño si le traerán un bien mayor a otra persona. Sigo siendo detallista - podrían considerarme también obsesivo, o por otro lado perfeccionista, pero al hacer algo, lo pulo lo mejor posible. Sigo siendo humilde - quizá al decirlo lo dejo de ser, pero trato de nunca echar en cara a otras personas algo bueno para mí. Sigo siendo una persona que busca todas las respuestas, algo que no siempre es positivo. Y sigo siendo alguien que pone por delante de todo el perseguir mis sueños o metas.
Entonces, cambié? No cambié? Cambié solo en algunas cosas? La opción parece ser la tercera, pero si uno se fija bien, los adjetivos de los dos párrafos difieren enormemente. En el párrafo sobre los cambios hay muchos más elementos, pero son genéricos; por otro lado, en el párrafo previo habrán menos, pero son más específicos: son los que me definen.
Lo que trato de decir con esto se puede explicar mejor con unas palabras que Mark Walhberg dedicó a la revista Men's Health recientemente (claro está, traducidas):
'Es un dogma que las personas no cambiamos. Por supuesto que no. Cambiar es una admisión de error. Al diablo con eso. Nosotros evolucionamos. Con el paso del tiempo, aplicamos sabiduría, herramientas y ambición sangradas de la vida para convertirnos en lo que deseamos ser'.
Y por eso, estoy de acuerdo con Mark. Y con Sawyer. Nosotros no cambiamos. Un tigre no cambia sus rayas. Nosotros somos quienes somos y nunca dejaremos de serlo, sin importar si nos llegamos a perder. Por el contrario, nos desarrollamos, maduramos, y sobre todo, mejoramos. La vida nos proporciona las experiencias que hacen todo esto posible, sin obligarnos a 'cambiar'.
Por eso, deja de intentar cambiar a la persona con la que estás, o a tu amigo, porque eso sencillamente no es posible. Déjalo o déjala seguir su camino. Y más importante aún, deja de intentar cambiarte. Más bien, toma el paso adelante, y evoluciona.
Qué tan cierto es esto? Tengo toda la seguridad de que si alguien saliera a la calle a hacer una encuesta, obtendría opiniones repartidas al 50%. Tenemos esa gente que decidió dar una segunda oportunidad y le salió perfectamente. Hubo cambio. Y tenemos aquellas personas que dieron una segunda, una tercera, y pare de contar cuántas oportunidades dieron y cada vez quedaron más decepcionados. Definitivamente, cero cambio.
Siendo sincero, en este instante no tengo una elección clara entre las dos posibilidades, pues haciendo retrospectiva en mi vida tendría razones para ser partidario de cualquiera. Aquí presento un poco de esto.
La más clara referencia para esto es el Javier del 2007, ya que a partir de ese año empecé a vivir una experiencia tras otra. Y comparando con este momento, evidentemente hay tremendo cambio. Para empezar, soy una persona infinitamente más madura. No dejo pasar oportunidades y aprovecho cada segundo al máximo. Me liberé de la presencia del pasado, el cual antes me atormentaba y me robaba el presente. Soy más fuerte. Entendiendo mejor la vida y a las personas. Pasé de basar mi relación con mis padres en pequeñas mentiras para poder salir a basarla en la sinceridad. Puedo abarcar mucho más. Ya no soy una persona inestable, y las tendencias auto-destructivas que aparecían en mis colapsos ni se asoman. Valoro el ayudar a la gente y el hacer cosas buenas solo porque sí. Y quizá la mayor de todas, entendí el significado de las palabras let go.
Esa lista tan larga parece confirmar que sí, podemos cambiar. Pero por otro lado...
Sigo siendo una persona masoquista - inconscientemente, SIEMPRE ignoro esas opciones que son 'mejores', y elijo aquellas que por muchas consecuencias puedan tener, son las que siento, las que quiero. Sigo siendo desinteresado, es decir, nada egoísta - no me importa tomar decisiones que me hagan daño si le traerán un bien mayor a otra persona. Sigo siendo detallista - podrían considerarme también obsesivo, o por otro lado perfeccionista, pero al hacer algo, lo pulo lo mejor posible. Sigo siendo humilde - quizá al decirlo lo dejo de ser, pero trato de nunca echar en cara a otras personas algo bueno para mí. Sigo siendo una persona que busca todas las respuestas, algo que no siempre es positivo. Y sigo siendo alguien que pone por delante de todo el perseguir mis sueños o metas.
Entonces, cambié? No cambié? Cambié solo en algunas cosas? La opción parece ser la tercera, pero si uno se fija bien, los adjetivos de los dos párrafos difieren enormemente. En el párrafo sobre los cambios hay muchos más elementos, pero son genéricos; por otro lado, en el párrafo previo habrán menos, pero son más específicos: son los que me definen.
Lo que trato de decir con esto se puede explicar mejor con unas palabras que Mark Walhberg dedicó a la revista Men's Health recientemente (claro está, traducidas):
'Es un dogma que las personas no cambiamos. Por supuesto que no. Cambiar es una admisión de error. Al diablo con eso. Nosotros evolucionamos. Con el paso del tiempo, aplicamos sabiduría, herramientas y ambición sangradas de la vida para convertirnos en lo que deseamos ser'.
Y por eso, estoy de acuerdo con Mark. Y con Sawyer. Nosotros no cambiamos. Un tigre no cambia sus rayas. Nosotros somos quienes somos y nunca dejaremos de serlo, sin importar si nos llegamos a perder. Por el contrario, nos desarrollamos, maduramos, y sobre todo, mejoramos. La vida nos proporciona las experiencias que hacen todo esto posible, sin obligarnos a 'cambiar'.
Por eso, deja de intentar cambiar a la persona con la que estás, o a tu amigo, porque eso sencillamente no es posible. Déjalo o déjala seguir su camino. Y más importante aún, deja de intentar cambiarte. Más bien, toma el paso adelante, y evoluciona.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Impulsividad
Hace casi dos meses, en una conversación sobre cualquier cosa, una persona reconoció una cualidad en mí. Me dijo que era muy impulsivo. Por supuesto, eso no era nada nuevo para mí. Lo que sí me sorprendió fue el hecho de que a pesar de tener tanto tiempo siendo así, nadie antes se hubiera dado cuenta. Era la primera vez que alguien me lo mencionaba. Y eso me puso a pensar, en qué momento nació esa impulsividad en mí? Y más importante, por qué?
Viendo mi vida de adelante hacia atrás, pude encontrar el momento a partir del cual empecé a ser así. Es una pequeña anécdota con la que trataré de ser lo más breve posible.
Dentro de no mucho serán cuatro años de eso, pero a mitad del 2007, hubo un momento en el que todo se alineó perfectamente para mí. Venía pasando muy malos ratos y de repente todo pareció arreglarse. Por una semana fui plenamente feliz. Y entonces se me presentó una oportunidad. Era la oportunidad con la que había soñado toda mi vida, y allí estaba. Solo tenía que tomarla, capturarla, hacerla mía. Me sentí listo, fui por ella, y qué pasó?
La dejé ir. Muchas excusas me di a mí mismo para justificarlo, y a pesar de que algunas eran muy válidas, la verdadera razón de no tomar el chance fue por el miedo. Tenía todo lo que necesitaba pero a la final dejé que ese miedo me dominara, y me acobardé. Porque verán, esa es la función del miedo: robarte oportunidades. En otra entrada hablaré más de esto mismo, pero el punto es que en esta ocasión lo logró a la perfección.
Ya al otro día pude notar las consecuencias de mi decisión -o más bien, no decidir-, que me trajo una cosa mala tras la otra y me llevó a vivir una época muy deprimente. Pero lo peor era el pensar en el hubiera. Y esta es otra verdad inrefutable de la vida: el hubiera es una de las peores cosas que te puede pasar en la vida. Cuando dejas ir una oportunidad, este verbo no es un pensamiento, sino más bien un sentimiento que te persigue, que te consume y que es capaz de robarte todo tu presente.
No fue sino hasta medio año después que me di cuenta de esto. Allí estaba, exactamente seis meses después y a exactamente la misma hora, en el mismo lugar en el que aquella maravillosa semana había empezado. Estaba lleno de polvo, pero era el mismo lugar. Me puse la misma ropa. Cerré los ojos. Empecé a rezar. Me puse el teléfono al oído. Y con toda la concentración que he tenido en mi vida, prendí el teléfono, esperando escuchar algo. Esperando, de alguna manera, haber vuelto en el tiempo. Y qué pasó?
Nada. Absolutamente nada. Podía estar en el mismo lugar, con la misma ropa, en la misma situación, podía haber rezado, pero eso no cambiaba nada. El tiempo ya había pasado y en ese momento, en esa nada, fue que comprendí que lo que pasó, pasó. Que ya era hora de seguir adelante. No fue fácil llegar a eso, y esa experiencia tan surreal marcó mi vida.
No mucho después me tocó vivir una situación muy similar a la primera, y la verdad, ni dudé. Me lanzé enseguida. Y desde ese día, soy una persona impulsiva. No pierdo el tiempo pensando, pues en lo personal, pensar solo me complica las cosas. Y mucho menos me dejo llevar por el miedo, pues es algo que superé hace mucho tiempo. Simplemente, tomo el momento tal como viene.
Así ha sido para cada decisión que me ha tocado desde entonces. Y claro está, aunque algunas me salieron de maravilla, me he llevado una infinidad de golpes. Pero saben qué? Para mí, no existe el hubiera. Y sobre todo, vivo sin arrepentimientos.
P.S.: o como diría Eminem,
Look, if you had, one shot, one opportunity,
to seize everything you ever wanted, one moment,
would you capture, or just let it slip?
Viendo mi vida de adelante hacia atrás, pude encontrar el momento a partir del cual empecé a ser así. Es una pequeña anécdota con la que trataré de ser lo más breve posible.
Dentro de no mucho serán cuatro años de eso, pero a mitad del 2007, hubo un momento en el que todo se alineó perfectamente para mí. Venía pasando muy malos ratos y de repente todo pareció arreglarse. Por una semana fui plenamente feliz. Y entonces se me presentó una oportunidad. Era la oportunidad con la que había soñado toda mi vida, y allí estaba. Solo tenía que tomarla, capturarla, hacerla mía. Me sentí listo, fui por ella, y qué pasó?
La dejé ir. Muchas excusas me di a mí mismo para justificarlo, y a pesar de que algunas eran muy válidas, la verdadera razón de no tomar el chance fue por el miedo. Tenía todo lo que necesitaba pero a la final dejé que ese miedo me dominara, y me acobardé. Porque verán, esa es la función del miedo: robarte oportunidades. En otra entrada hablaré más de esto mismo, pero el punto es que en esta ocasión lo logró a la perfección.
Ya al otro día pude notar las consecuencias de mi decisión -o más bien, no decidir-, que me trajo una cosa mala tras la otra y me llevó a vivir una época muy deprimente. Pero lo peor era el pensar en el hubiera. Y esta es otra verdad inrefutable de la vida: el hubiera es una de las peores cosas que te puede pasar en la vida. Cuando dejas ir una oportunidad, este verbo no es un pensamiento, sino más bien un sentimiento que te persigue, que te consume y que es capaz de robarte todo tu presente.
No fue sino hasta medio año después que me di cuenta de esto. Allí estaba, exactamente seis meses después y a exactamente la misma hora, en el mismo lugar en el que aquella maravillosa semana había empezado. Estaba lleno de polvo, pero era el mismo lugar. Me puse la misma ropa. Cerré los ojos. Empecé a rezar. Me puse el teléfono al oído. Y con toda la concentración que he tenido en mi vida, prendí el teléfono, esperando escuchar algo. Esperando, de alguna manera, haber vuelto en el tiempo. Y qué pasó?
Nada. Absolutamente nada. Podía estar en el mismo lugar, con la misma ropa, en la misma situación, podía haber rezado, pero eso no cambiaba nada. El tiempo ya había pasado y en ese momento, en esa nada, fue que comprendí que lo que pasó, pasó. Que ya era hora de seguir adelante. No fue fácil llegar a eso, y esa experiencia tan surreal marcó mi vida.
No mucho después me tocó vivir una situación muy similar a la primera, y la verdad, ni dudé. Me lanzé enseguida. Y desde ese día, soy una persona impulsiva. No pierdo el tiempo pensando, pues en lo personal, pensar solo me complica las cosas. Y mucho menos me dejo llevar por el miedo, pues es algo que superé hace mucho tiempo. Simplemente, tomo el momento tal como viene.
Así ha sido para cada decisión que me ha tocado desde entonces. Y claro está, aunque algunas me salieron de maravilla, me he llevado una infinidad de golpes. Pero saben qué? Para mí, no existe el hubiera. Y sobre todo, vivo sin arrepentimientos.
P.S.: o como diría Eminem,
Look, if you had, one shot, one opportunity,
to seize everything you ever wanted, one moment,
would you capture, or just let it slip?
jueves, 27 de enero de 2011
Caminar, correr, volar
Hace más o menos unos siete años, en el carro sonaba una canción de Andy y Lucas cuya letra decía 'en estos tiempos quien no corre, vuela'. En ese momento mi padre me dijo 'eso es así, que no se te olvide'. Yo era un niño que no sabía de la vida, y no tenía idea alguna de lo equivocado que estaba él.
No es sino apropiado que mi primera entrada como tal hable de la que considero una verdad inrefutable en nuestra existencia: la vida va demasiado rápido. Y quizás parezca una oración mal redactada, pero es exactamente lo que quiero decir. La vida 'va', o avanza, a una velocidad alarmante que no espera a absolutamente nadie.
Para explicarlo, quizás deba decirlo de otra manera. Hace poco estaba reunido con gente cercana a mí y nos pusimos a recordar eventos muy importantes de nuestras vidas que habían tomado lugar hace nada. Solo que cuando hicimos las cuentas, nos dimos cuenta de algo - ya había pasado un año y medio. A pesar de tener el recuerdo fresco, la realidad era que esa memoria era mucho más lejana de lo que cualquiera de nosotros imaginaba.
Por qué pasa esto? Pues por el hecho de que mi padre estaba equivocado. Porque en la actualidad la mayoría de nosotros ni corre, ni mucho menos vuela. La gente se está conformando con caminar. Y caminar es esperar. Nos quedamos en nuestras casas, pegados a una pantalla, simplemente esperando. Esperando un cambio, esperando un milagro, esperando que los grandes momentos de nuestras vidas nos lleguen solos. Con la cobarde excusa de que 'todo llega a su momento', confiando en que un destino va a arreglar nuestra vida o hará las cosas por nosotros.
Y no es que esté mal tomarse un descanso de vez en cuando, pero el problema radica en que la vida no va a frenar porque nosotros lo hagamos. Y sin darnos cuenta nos despertamos en la misma realidad en la que estábamos, tal cual despertamos cada mañana, pero con una pequeña diferencia: no han pasado horas, sino semanas. Meses. Y en la mayoría de los casos, años.
Lo que le pasó a esas personas cercanas y a mí fue lo mismo que le sucede a más del 90% de las personas en este mundo: en un momento perdimos 'algo', y el perderlo nos quitó las ganas de correr. Ese 'algo' puede ser cualquier cosa, pero el punto es que nos hizo frenar, y aunque igual han llegado buenos momentos, cuando uno mira hacia atrás siempre se enfocará en esos momentos en los que corría. Porque los momentos en los que corres sin lugar a dudas terminan siendo los mejores de tu vida.
Pero no puedo cerrar sin omitir la parte más difícil, y es que correr al paso de la vida no es fácil. Para ello necesitas una meta o sueño que te motive, que te haga ponerte tus zapatos y te obligue a llevarle el ritmo. Y además, debes aprender a llevar los tiempos, porque si lo haces sin descanso probablemente te lleves un golpe cuando pares a tomar aire, que es algo que me pasó recientemente, y aún estoy recuperándome antes de arrancar la carrera nuevamente.
Independientemente de todo, necesito repetirlo: LA VIDA VA DEMASIADO RÁPIDO. Y por eso, tú tienes una decisión que tomar. Caminarás y dejarás que la vida te gane, perdiéndole la vista y dejándola irse lentamente? O me harás caso y correrás a su velocidad? Pero no olvides, también tienes una tercera opción.. por qué no te unes a mí, y más bien vuelas?
No es sino apropiado que mi primera entrada como tal hable de la que considero una verdad inrefutable en nuestra existencia: la vida va demasiado rápido. Y quizás parezca una oración mal redactada, pero es exactamente lo que quiero decir. La vida 'va', o avanza, a una velocidad alarmante que no espera a absolutamente nadie.
Para explicarlo, quizás deba decirlo de otra manera. Hace poco estaba reunido con gente cercana a mí y nos pusimos a recordar eventos muy importantes de nuestras vidas que habían tomado lugar hace nada. Solo que cuando hicimos las cuentas, nos dimos cuenta de algo - ya había pasado un año y medio. A pesar de tener el recuerdo fresco, la realidad era que esa memoria era mucho más lejana de lo que cualquiera de nosotros imaginaba.
Por qué pasa esto? Pues por el hecho de que mi padre estaba equivocado. Porque en la actualidad la mayoría de nosotros ni corre, ni mucho menos vuela. La gente se está conformando con caminar. Y caminar es esperar. Nos quedamos en nuestras casas, pegados a una pantalla, simplemente esperando. Esperando un cambio, esperando un milagro, esperando que los grandes momentos de nuestras vidas nos lleguen solos. Con la cobarde excusa de que 'todo llega a su momento', confiando en que un destino va a arreglar nuestra vida o hará las cosas por nosotros.
Y no es que esté mal tomarse un descanso de vez en cuando, pero el problema radica en que la vida no va a frenar porque nosotros lo hagamos. Y sin darnos cuenta nos despertamos en la misma realidad en la que estábamos, tal cual despertamos cada mañana, pero con una pequeña diferencia: no han pasado horas, sino semanas. Meses. Y en la mayoría de los casos, años.
Lo que le pasó a esas personas cercanas y a mí fue lo mismo que le sucede a más del 90% de las personas en este mundo: en un momento perdimos 'algo', y el perderlo nos quitó las ganas de correr. Ese 'algo' puede ser cualquier cosa, pero el punto es que nos hizo frenar, y aunque igual han llegado buenos momentos, cuando uno mira hacia atrás siempre se enfocará en esos momentos en los que corría. Porque los momentos en los que corres sin lugar a dudas terminan siendo los mejores de tu vida.
Pero no puedo cerrar sin omitir la parte más difícil, y es que correr al paso de la vida no es fácil. Para ello necesitas una meta o sueño que te motive, que te haga ponerte tus zapatos y te obligue a llevarle el ritmo. Y además, debes aprender a llevar los tiempos, porque si lo haces sin descanso probablemente te lleves un golpe cuando pares a tomar aire, que es algo que me pasó recientemente, y aún estoy recuperándome antes de arrancar la carrera nuevamente.
Independientemente de todo, necesito repetirlo: LA VIDA VA DEMASIADO RÁPIDO. Y por eso, tú tienes una decisión que tomar. Caminarás y dejarás que la vida te gane, perdiéndole la vista y dejándola irse lentamente? O me harás caso y correrás a su velocidad? Pero no olvides, también tienes una tercera opción.. por qué no te unes a mí, y más bien vuelas?
martes, 25 de enero de 2011
Un comienzo
Aunque probablemente la gran mayoría de la gente que lea este blog me conozca, creo que no estaría bien iniciar mi andanza en él sin hablar un poco de mí, o tal cual dice mi predecible título, sin un comienzo.
Lo único que puedo decir con seguridad es que me llamo Javier, que al momento de escribir estas palabras tengo 19 años, que aspiro a algún día graduarme de doctor, que me encanta el fútbol, que si me fuera posible borraría la palabra monotonía de mi diccionario, y que gran parte de mi vida ha girado en torno a Lost, algo que para muchos es una serie de televisión pero que para mí es algo más, mucho más. Algo que quizás un día pueda empezar a explicar.
Eso es todo lo que les puedo decir en este momento porque son las pocas cosas en mi vida que puedo tomar con completa objetividad. Lo demás es pura subjetividad, cosas que un día son de una manera, y que otro día serán de otra. Porque si hay algo más que puedo jurar, es que la vida corre demasiado rápido, y por eso cualquier otra cosa que les diga hoy, mañana va a ser totalmente falsa. De esto también les hablaré en el futuro.
Por qué decidí crear un blog? Podría dar rodeos pero la razón es sencilla: he vivido una cantidad enorme de experiencias, y a pesar de que me queda una infinidad por delante, creo que ya he conseguido un buen número de respuestas al misterio que llamamos vida, y tengo la confianza total de que al menos a una de las siete billones de personas que habitan en nuestro planeta puedo cambiarle la vida con mis palabras. Esa es definitivamente una de las cosas que espero conseguir antes de que mi tiempo aquí se acabe.
A cualquiera que decida acompañarme en este viaje se lo agradeceré, y espero no consideren su tiempo perdido al leerme, porque si es así quizás sería mejor que dejen de hacerlo. El tiempo es demasiado limitado como para malgastarlo en cosas que no enriquezcan su vida. Así que aquí me despido de ustedes, cerrando este nuevo comienzo.
Cheers.
Lo único que puedo decir con seguridad es que me llamo Javier, que al momento de escribir estas palabras tengo 19 años, que aspiro a algún día graduarme de doctor, que me encanta el fútbol, que si me fuera posible borraría la palabra monotonía de mi diccionario, y que gran parte de mi vida ha girado en torno a Lost, algo que para muchos es una serie de televisión pero que para mí es algo más, mucho más. Algo que quizás un día pueda empezar a explicar.
Eso es todo lo que les puedo decir en este momento porque son las pocas cosas en mi vida que puedo tomar con completa objetividad. Lo demás es pura subjetividad, cosas que un día son de una manera, y que otro día serán de otra. Porque si hay algo más que puedo jurar, es que la vida corre demasiado rápido, y por eso cualquier otra cosa que les diga hoy, mañana va a ser totalmente falsa. De esto también les hablaré en el futuro.
Por qué decidí crear un blog? Podría dar rodeos pero la razón es sencilla: he vivido una cantidad enorme de experiencias, y a pesar de que me queda una infinidad por delante, creo que ya he conseguido un buen número de respuestas al misterio que llamamos vida, y tengo la confianza total de que al menos a una de las siete billones de personas que habitan en nuestro planeta puedo cambiarle la vida con mis palabras. Esa es definitivamente una de las cosas que espero conseguir antes de que mi tiempo aquí se acabe.
A cualquiera que decida acompañarme en este viaje se lo agradeceré, y espero no consideren su tiempo perdido al leerme, porque si es así quizás sería mejor que dejen de hacerlo. El tiempo es demasiado limitado como para malgastarlo en cosas que no enriquezcan su vida. Así que aquí me despido de ustedes, cerrando este nuevo comienzo.
Cheers.
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